Dicen que el ser humano necesita tener fe en algo; unos creen en seres divinos de cualquier religión, otros en que extraterrestres vendrán a salvarnos desde Marte; yo creo en el hombre. Mientras unos viven de milagro en milagro y temen al Apócalipsis, yo vivo cayendo al suelo y levantándome sin pensar que muero, sin temer en el fin de la humanidad mas en el futuro ideal para ésta. Hay clara diferencia.
Y, concluyo --dentro de un agujero, de un pozo o de un volcán--, que la vida se improvisa, que no existe la prisa, que la prisa mata y que la predicción engaña. Sea así o asá, no hay que pensar en que esto se acaba, no hay que acatar lo primero que te mandan, no hay que comprar lo primero que te regalan, ni conformarte con el primer ministro que se elija y todo lo que él te diga.
Digo con esto: que nada incierto quede sobre algún terreno, fortaleciendo a los obstáculos con los que puedas tropezar, favoreciendo al miedo que te pueda florecer en la piel que no es tu piel, sino la piel del amanecer. El amanecer no es futuro sino sueños, que de sueños se vive, me cuentas; yo me indigno buscando colchones donde haya dormido, le grito.
Le grito al mundo que no pierda el tiempo, que no se conforme con lo que venga, que ya lo hará con lo que esté por llegar: que cuando se aprende a caminar no se sabe si se podrá conseguir sin haber caído en el intento; no se sabe si caerá más de lo que miento. Por esa razón es, que la metáfora de la vida como camino repito, porque de cierto modo hay que seguir caminando sin publicar que malvivimos.
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