Maullando en un rincón
una dama felina,
reposando entre finos cabellos
descubriome un nuevo día.
Rasgáronme como el sol a la luna
candentes dos gemas verdes,
obsesivas e indelebles,
sintiéndose sólo una.
Sus curvas arriba serpenteaban
y el universo se rendía.
Inerte yo observaba,
insuficiente era mi osadía.
Cambióme de opinión
al posarse sobre mi regazo:
una rima me robó
para desearle 'buenos días'.
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