Pétalos de nácar acorazan cada uno de tus dientes,
danzan sin preguntarse purpurinas candentes,
me rozan si te enredas buscando mis escalones,
palpitan cuando musitas alguna de tus canciones
con esa voz tan vibrantemente profunda
que siempre acoge flores.
Pégate a mi boca, otra vez, y resbala derritiendo el hielo
que nunca alcanza el frío invierno.
Para mí, siempre es primavera, unas veces caldea
y otras veces hiela; y tú y tus curvas de luna nueva:
¡venidme a buscar ya, que hoy me siento estrella!,
(de las que brillan si te sienten cerca, y ruegan):
Paséate ante mis ojos, escúchame si te traigo un pegaso,
a esos caballos es inevitable mirarlos,
y acéptame entonces en tu corazón de oro,
que no quiero escribir más sino decírtelo de todos los modos
en tus orejas de encarnadas caracolas, de espantar toros,
que te quiero, que te amo y que te adoro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario