Andando prado arriba,
prado abajo,
voy buscando un nuevo amanecer,
que me ame,
que cante también.
Son seiscientas lunas,
trecientos fuegos,
ellos me dijeron y luego repitieron,
que no hay soles,
ni nuevas mañanas.
Rindiéndome llorando,
de lado a lado,
las flores gritan y yo
que me atraganto,
que ya más no aguanto.
Es entonces cuando miro,
no izquierda ni derecha,
al centro,
la veo y el viento me sopla,
que no hay coplas,
que no hay colas.
Acércandome a tal bella dama,
las llamas de atrás me reclaman,
pero yo aquí estoy,
y ella susurra
que es mi mariposa,
que ella vuela,
y por si no fuera poco,
alto y arriba.
Preguntóle al viejo sabio,
al árbol de abajo:
¿es correcto si me rapta?
Y éste, no hablando, ni gritando,
sino cantando:
que es bueno lo que anoten tus pestañas,
que es malo si te fias de las malas algas.
Pensando hablo conmigo,
mi 'yo' de adentro,
y al caso llego,
que mis ojitos ya los ha robado,
ella que es mi bella dama,
mi nueva esperanza.
Abrázame grande locura,
rezando así con dulzura
mientras ella mi mano agarró ya hacía un rato,
preguntándome ahora:
que si allí me quedo,
que si la he convertido en mi amuleto.
Besándome tiempo al tiempo,
el tiempo armando luchas,
la lucha la ponen las amarguras,
los errores las enseñanzas,
no sino con locura,
que me ha hecho aprender:
que tan sólo ella me quiso,
que tan sólo a ella quiero
y que, por supuesto,
allí con ella me quedo
[a vernos juntas crecer].
No hay comentarios:
Publicar un comentario