En cuanto me despisté, la muchacha no sólo vacilaba a los agentes de la autoridad, sino que incluso les levantaba la mano. Uno de ellos la agarro del brazo, el otro le pedía documentación. No esperé ni un momento más, me acerqué a ellos.
- No seas idiota, no te rebajes a su nivel... --le advertí.
- ¿Acaso me tengo que quedar como una estatua delante de estos bastardos?
- Estos bastardos, y los otros, caerán en el suelo de rodillas y serán fusilados y tratados del mismo modo en que fueron tratados nuestros abuelos.
- Y... ¿no sería eso también rebajarse a su nivel? Aunque... aún peor, porque sería a venganza.
- No es exactamente venganza, es lo merecido... como cuando la Tierra gira y por la mañana una luz amarillenta y cegadora del Sol alumbra las calles y, al anochecer, la luz que nos ilumina es plateada, proveniente de la Luna.
- Es decir...
-... que tarde o temprano les llegará su merecido. -- dijimos a unísono.
- Exacto -- le aplaudí.
Una semana más tarde recordaba esta conversación entre rejas, a mi lado estaba sentada mi compañera de celda. Suspiró. La miré. Resbalaba una lágrima en su mejilla derecha mientras analizaba con detenimiento sus heridas, causadas por presión de nuestras manillas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario